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Películas de 10.000 euros

23 enero, 2023

«Soy de los que piensan que no todo es producible, y ni todo lo producible es estrenable en una pantalla de cine». Por Jordi Carbonell.

©Danish Film Institute

Esto lo escribí desde la perspectiva de que una película es un artículo extremadamente perecedero y cuya carrera está a merced de los espectadores. La simple decisión de ir a ver «nuestra» película implica que han de salir de casa y dejar atrás toda la oferta que a través de las plataformas y TV se le ofrecen durante las 24 horas. Por esta razón los productores debemos escoger muy bien entre todos los proyectos que nos llegan, a la hora de elegir involucrarnos en algún proyecto.

En el año 2022 se han estrenado -según el Ministerio de Cultura-, 285 películas españolas, con una recaudación total de casi ochenta y tres millones de euros, ¡bien por nuestro cine! Pero si ponemos el foco en el reparto de esa recaudación, vemos que el top 50 del cine español es responsable de un 96% del total de la taquilla, unos setenta y nueve millones de euros. Las restantes 235 producciones se reparten el 4%, unos cuatro millones en total. O sea, sale de promedio a unos diecisiete mil euros de taquilla por película. La primera impresión confirma parte de mi máxima «no todo es estrenable en una pantalla de cine».

Podríamos entrar a analizar los «porqués»; ¿Por qué 235 películas han obtenido la financiación necesaria para ser producidas a sabiendas de que serán un fracaso antes de ser estrenadas? ¿Por qué el 40% han obtenido una subvención de las diferentes administraciones públicas? ¿Por qué algunos productores sólo las utilizan para poder beneficiarse de las bonificaciones fiscales y de las Bases Imponibles Negativas (BIN’s), importándoles muy poco el futuro comercial de la cinta y casi garantizando a las ávidas asesorías fiscales y bufetes de abogados, el fracaso de esas producciones? ¿Por qué un porcentaje altísimo de esas películas, casi un 50%, son documentales, la mayoría intrascendentes? por qué; por qué; por qué…

Pero no nos interesan todos esos «porqués», porque ya sabemos las respuestas y las podríamos resumir en una: subsistencia. La mayoría de esas cintas están producidas por productoras independientes que necesitan producir como sea para no tener que cerrar, y que en la mayoría de los casos son conscientes de todos esos porqués, pero que han de hacer de su capa un sayo para no desaparecer y hacer películas de diez mil euros.

¿Y qué hacen la mayoría de las veinticinco asociaciones de productores y los diferentes clústeres audiovisuales por esas productoras independientes? Por poner dos ejemplos: ¿han conseguido eliminar la obligatoriedad de tener un 35% de la producción financiada para optar a una subvención? Esa norma nos obliga, entre otras cosas, a los productores independientes a renunciar a cualquier tipo de ingreso de explotación durante los próximos 10 años; ¿Han conseguido eliminar la consideración de productora independiente a quien «solo» está participada en un 19,9% por una TV o plataforma, y dejarlo a cero? Esa pequeña particularidad hace que el 5% de la facturación que las televisiones y plataformas han de destinar a la producción independiente quede cubierto con su red de «productoras independientes».

Si se resolvieran esas dos preguntas, aliviaría en parte la «producción de películas de diez mil euros» o lo que es lo mismo, la «producción por necesidad».

Pero la pregunta del millón, nunca mejor dicho cuando hablamos de producción cinematográfica, es la siguiente: ¿Por qué toda esa fuerza asociativa no aboga por un modelo de financiación independiente que nos permita producir películas sin tener que hacer tantas concesiones y que su triunfo o fracaso esté a merced del espectador y no del especulador? Estamos de acuerdo de que cualquier inversión cinematográfica es especulativa y de alto riesgo. También estamos de acuerdo en que en ninguna otra industria se crea un único producto con una inversión de millones de euros, sin tener ninguna seguridad real de que el público vaya a comprarlo. Por eso se crearon las bonificaciones y créditos fiscales para los productores, y las AIE (Agrupaciones de Interés Económico) que convierten a los inversores en productores, protegiendo, de esta manera, su inversión y que al final de la película (no lo he podido evitar) estos, (los inversores) quisieran volver a invertir creándose un canal estable y seguro de financiación para la industria cinematográfica. Pero, de momento, esto no es así, y no, no voy a preguntar el porqué.

Por Jordi Carbonell. Productor

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