Por Antonio Carballo
Hace ahora 130 años, el cine nació libre. Fue una gran revolución en todos los sentidos: en lo mercantil, en lo social y, lo más importante, se convirtió en un nuevo medio para expresar ideas. Ideas libres.
Los productores de entonces eran, a su vez, exhibidores. Lo que rodaban hoy con sus pequeñas cámaras de madera era revelado y positivado por ellos mismos (utilizando la misma cámara) y luego, al día siguiente, proyectado (también con la misma cámara) sobre una pared o una sábana blanca extendida en cualquier lugar. Lo dicho: un nuevo medio de transmisión de ideas. Sin cortapisas burocráticas de ningún tipo (al fin y al cabo, se trataba de unos feriantes que atraían al público con su “invento” igual que la mujer barbuda o los acróbatas-trapecistas).
Aquello duró poco en Europa. Mientras en las Américas el cine continuó libre de trabas hasta después de la Primera Guerra Mundial, en Europa pronto los respectivos gobiernos quisieron intervenir en el proceso. Y comenzaron a llegar los “encargos” de tal o cual partido, de tal o cual ideología, para que aquéllos feriantes vendiesen el contenido de sus mensajes. Poco a poco se normalizó el término “subvención” mediante el cual el partido gobernante, utilizando recursos públicos, conseguía que un cierto número de producciones fílmicas diseminasen ideas afines a sus intereses, normalmente bajo el pretexto de apoyar al nuevo arte. Ahí comenzaron a producirse películas de ficción con mensajes políticos ocultos en su trama, pero muy efectivos para el espectador…
Así llegamos a los tiempos actuales, en los que la tensión política en casi todos los países europeos está llevando a los respectivos gobiernos a límites nunca antes vistos en cuanto a manipulación de los contenidos.
El caso más espectacular es el de España, donde el año pasado (2025) se llegó a producir una inconmensurable cantidad de películas subvencionadas, casi todas con ínfimos presupuestos y destinadas no ya a difundir las ideas de la coalición gobernante (porque la mayoría no serán vistas por casi nadie) sino a crear y mantener la ilusión de que en España cualquiera puede producir cine gracias a la ayuda del gobierno.
Y es que son miles y miles de jóvenes los que han caído en la trampa. Ellos y sus amigos votarán al partido que les dio la oportunidad de “ser alguien” ignorando que luego les dejarán caer en el mayor de los olvidos. Después de haber dedicado como mínimo dos años de su vida a hacer “su” película, muy pocos lograrán hacer la segunda. Pasarán de un momento de gloria al baúl de los juguetes rotos en solo unos meses.
¡Qué lástima!















