En España, al igual que en algunos otros países, los tres mayores negocios son los locales públicos (turismo, restauración, ocio, cultura), la automoción y… las industrias químicas (farmacéuticas incluidas). Actualmente, los dos primeros están en quiebra técnica mientras que las terceras están ganando miles de millones ¿Qué futuro podemos esperar?  Por Antonio Carballo

Antonio Carballo

Antonio Carballo,

Lamentablemente, tenemos la experiencia de que cuando algún grupo de poder controla una máquina de ganar dinero a espuertas, bloquea cualquier amenaza o sospecha de amenaza que pueda perjudicar “su negocio”. Pero lo malo de la situación actual es que “su negocio” juega con la salud, la vida y la economía de la totalidad de los habitantes del mundo.

Y cuanto más se alargue la pandemia actual, más miles de millones entrarán en su caja. Retrasos, dudas y especulación en la fabricación de las vacunas provocarán, además, un incremento del precio de estas.

Al margen de las vacunas, este sector, sin hacer ningún ruido, también se ha instalado en otra área de beneficios superlativos. ¿Alguien tiene datos del incremento de ventas en el último año de los productos de limpieza y desinfección? ¿Y del negocio de las mascarillas?

Mientras tanto, centrados en estas al parecer únicas soluciones por vía química y farmacéutica, estamos olvidando cosas tan simples como algunos principios físicos que llevan docenas de años haciendo nuestra vida más segura. Como el proceso, puramente físico, de la UHT que nos ofrece leche garantizada de larga duración.

Con el aire, y especialmente en espacios cerrados, podemos utilizar también soluciones físicas. Soluciones que llevan años aplicándose en laboratorios de alto riesgo, instalaciones digitales de atmósfera controlada, aviones, estaciones espaciales, etc… Me refiero específicamente a procesos naturales como la fotocatálisis o PCO, reconocida por el Ministerio de Sanidad y el IDEA, como un sistema muy eficaz no para filtrar, sino ELIMINAR patógenos en el aire.

Dicho así suena muy de ciencia-ficción, pero su reciente producción en masa ha conseguido reducir su precio hasta niveles más que razonables. Está basado en investigaciones realizadas por la NASA y no produce ningún efecto nocivo para la salud.

Alrededor de 4.000 euros para una sala de cine de tipo medio (150-200 butacas) es un precio asumible. Y más aún si se considera que no requiere recambio de filtros ni otro tipo de consumibles, y el gasto en energía eléctrica es mínimo.

En ese precio está incluida la instalación, mediciones, certificados, etc. La misma solución es óptima para colegios, teatros, discotecas, restaurantes, bares, gimnasios y medios de transporte.

Es fácil imaginar qué nivel de presión estarán aplicando las industrias químicas y farmacéuticas para bloquear el paso a esta tecnología.

Volviendo a nuestro sector, como en España existen unas 4.000 salas de cine, el coste de estos equipos se situaría en unos 16 millones de euros aproximadamente.

Hagan cuentas del coste que va a suponer para el Estado indemnizar a estas 4.000 salas por los cierres obligatorios comparado con el coste de instalar uno de estos equipos en cada local, una sola vez y para siempre (lo de siempre es porque estoy seguro de que tras esta plaga llegará otra, y otra, y otra).

Aquí tiene el Estado una doble responsabilidad: financiar la implantación de este sistema, que debería ser obligatorio por decreto en TODOS los espacios públicos bajo techo y, a la vez, lanzar una gran campaña institucional para enviar un mensaje claro y concreto a toda la población. El uso obligatorio de las mascarillas quedaría limitado sólo a la circulación de peatones por las calles de los núcleos urbanos.

Piensen ustedes en cómo volvería la vida a las calles si fuésemos a un cine o a cualquier otro local público con la misma ilusión que antes subíamos a las montañas, a respirar aire puro.