El año 2020 pasará a la historia por ser el año en que la humanidad sufrió la mayor pandemia en la historia moderna, que ha sumido a la sociedad y a todos los sectores económicos en una profunda crisis jamás vista hasta ahora. Las salas de cine, como un agente económico más, no han podido escapar de las consecuencias nefastas del virus, y por primera vez en la historia, los cines tuvieron que cerrar sus puertas al público.  Por Juan Ramón Gómez Fabra, presidente de FECE (Federación de Cines de España)

Público de un festival

La Industria Cinematográfica ha cerrado el año con la mayor perdida registrada en su Historia debido a una caída de la taquilla de cine que supera el 70%. Una caída dramática, que pone al límite la supervivencia de las empresas de exhibición cinematográfica.

Desde el momento en que las salas de cine volvieron a abrir sus puertas en el mes de julio, han tenido que luchar contra viento y marea para poder seguir ofreciendo películas en pantalla grande a los espectadores, que tras una primera apertura que apuntaba a una nueva normalidad, mostraban un alto interés por volver a los cines.

Con una falta de producto, principalmente del mercado americano, más que notoria, unas restricciones asimétricas en las distintas comunidades autónomas, rompiendo la unidad de mercado tan necesaria en nuestro sector para que se puedan estrenar películas de forma viable, gracias a las valientes excepciones, a esos que apostaron por que las películas se tenían que seguir estrenando en la pantalla grande, se consiguió salvar el verano de forma modesta, pero con una conclusión muy clara: si había estrenos, la gente iba al cine y la recuperación del mercado era posible.

Con ese ligero optimismo de ver cómo los pocos grandes estrenos que recibían las salas conseguían buenos resultados, nos vimos inmersos en la segunda ola de la pandemia, más restricciones y escasez de estrenos que fueran capaces de atraer a la gente a las salas. Una combinación letal para la supervivencia del sector.

Ahora, todas las miradas se han puesto en la campaña navideña con un pensamiento claro: si se liberaban las restricciones, garantizando la seguridad de nuestros espectadores en todo momento, y se estrenaban películas, los espectadores volverían a nuestras salas, para que, con el deseo de que no exista una tercera ola, se diera el principio de la recuperación.

Con esta evolución tan marcada por el impacto del virus en cada momento y la incertidumbre que genera, el sector ha tenido que convivir con noticias y movimientos internacionales que han puesto en duda la piedra angular en la que se sostiene la industria cinematográfica: la ventana de exhibición o el periodo de estreno en exclusiva en una sala de cine.

FECE

La incertidumbre y la mirada en el corto plazo no son buenos compañeros de viaje y mucho menos momentos para poner en tela de juicio un sistema que ha funcionado durante años, maximizando el ingreso para todos los agentes de la industria en taquilla y generando una onda expansiva beneficiosa en el resto de canales de explotación, de tal forma que las películas más taquilleras son las más demandadas en los formatos posteriores.

Si en algo podemos coincidir todos los que formamos esta industria es que la experiencia de ver una película en una sala oscura y en pantalla grande es insustituible, una experiencia única y con un alto valor social y cultural. Y es ahora, en estos momentos de incertidumbre, cuando más se debería cuidar y proteger su futuro, porque las salas de cine es el sitio natural para proyectar una película, el lugar donde los creadores piensan en su proyección a la hora de crear una obra cinematográfica.

La pandemia pasará y será la mejor noticia que nos pueda traer el nuevo año, y cuando quede atrás y nos encontremos en una verdadera nueva normalidad, sin incertidumbres, los estrenos volverán a llenar nuestras pantallas y con ellos, sin ninguna duda, los espectadores volverán a disfrutar del cine en el cine, la opción de ocio cultural favorita de los españoles fuera del hogar.

 


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