Muchos tenemos claro que tan pronto como esta pandemia esté dominada y podamos salir a la calle, volver a nuestros trabajos y demás actividades, todas ellas habrán cambiado. No vamos a volver al mismo lugar en el que nos encontrábamos. Y este pensamiento no es nuevo. Lo que sí constituye una novedad es que, por fin, nos lo creemosEstamos ante una nueva era.  Por José Manuel Tourné.

Llevamos tiempo oyendo hablar de teletrabajo, de tecnologías nuevas que nos cambian la vida, de 5G y blockchain, pero nuestro ser se resistía al cambio. Al menos de forma drástica. Había imágenes que resultaban verdaderamente chocantes, como la de los niños acudiendo al colegio cargados de libros existiendo las tabletas desde hace ya muchos años. ¿Por qué no trabajaban haciendo uso de la nube?

Examinando ahora alguna de esas costumbres, nos damos cuenta de que nos faltaba acabar de dar un paso. ¿Estaban preparadas las estructuras y normas sociales para la nueva era?

Estamos ya dentro de la tercera ola que cambiará la civilización. Algunos futurólogos como Alvin Toffler, destacaban – hace ya unos cuantos años- que estábamos en los albores de lo que Toffler llamó la tercera ola y que iba a modificar de forma trascendental la vida de los seres humanos.

Las ‘olas’ anteriores provocaron una reestructuración completa de la sociedad y de sus normas. Tenemos pocas referencias de las leyes que la invención de la agricultura trajo, pero es obvio que asentarse junto a los ríos y crear poblados debió implicar la elaboración de normas de convivencia que no existían cuando los seres humanos vivían en cuevas y eran trashumantes. Se produjo el cambio que trajo una nueva era.

De la transformación que implicó la segunda ola con la revolución industrial muchas referencias. Las estructuras sociales se adaptaron con agilidad al traslado de las familias junto a las fábricas, creando las grandes ciudades.

Las leyes que regían el mundo occidental se modificaron y adaptaron a la nueva era. Existían ya dos modelos jurídicos: el derecho romano-germánico que dominó el continente europeo y la normativa anglosajona que se distancia algo más de la legislación europea. El mundo oriental se desarrollaba a su propio ritmo y contaba con estructuras y valores diferentes.

Como he mencionado, la revolución de finales del siglo XVIII modificó los hábitos de los seres humanos creándose los centros industriales y nuevas estructuras sociales.

A partir de ahí se producen pequeños saltos provocados por la aparición de nuevos materiales y fuentes de energía como el diseño de grandes factorías y la electricidad.

Entramos en el siglo XX y el intento por dominar la reestructuración de la sociedad generó el enfrentamiento entre modelos diferentes de concebirla. Las ideologías totalitarias se opusieron a los impulsos del libre mercado y nuevos modelos legales regularon estas sociedades.

En la 2ª mitad del siglo XX, van apareciendo nuevas tecnologías, siempre buscando reducir dos dimensiones que han limitado a los seres humanos: espacio y tiempo. Las telecomunicaciones y la informática modifican significativamente los hábitos de trabajo.

Los cambios a los que la sociedad se había ido adaptando resultaban sencillos de asumir con un pequeño salto. Sustituimos unos vehículos por otros más rápidos y seguros o las superficies magnéticas por las digitales, pero las estructuras sociales apenas se modifican.

Las tecnologías de la información y de la comunicación a las que se refirió Alvin Toffler cuando apenas eran incipientes se han acelerado. Los cambios que estamos viviendo en la actualidad son exponenciales. La adaptación ya no resulta tan fácil.

Estamos viviendo una auténtica revolución tecnológica, un cambio de era. Los ordenadores personales de 1983 suponían un avance importante en cuanto a tamaño, sin embargo, su capacidad era irrisoria comparada con una memoria USB de hoy.

A principios de los 90, la sociedad de la información es un hecho, pero en pocos años estamos en la sociedad de la comunicación. Internet conecta al mundo y reduce espacio y tiempo. Los seres humanos elaboran datos para otros seres humanos pero la revolución no ha hecho más que comenzar.

Pronto aparecen los smartphones que permiten ya no sólo recibir en cualquier momento esos datos sino, además, geolocalizarnos. Las personas empiezan a interactuar con las máquinas, hablamos del Internet de las cosas. Ya son máquinas las que hablan con otras máquinas y las que provocan comportamientos y situaciones que regulan nuestra vida.

2020 es la cuarta fase de esta revolución en la que ya hablamos con toda naturalidad de inteligencia artificial. Las máquinas no sólo responden a una programación realizada previamente por los seres humanos, sino que aprenden a pensar y a programar a otras máquinas.

En la actualidad, el manejo de los datos se considera clave para el progreso de cualquier sociedad. En este campo, estamos viendo cómo China – que puede pensar en una decisión el sábado por la tarde y estar implantándola el mismo lunes- se sitúa en primera línea de la adopción de la tecnología 5G.

Tampoco Estados Unidos se queda atrás y utiliza su poder económico e influencia en el mundo occidental para contrarrestar la ventaja china e imponer sus modelos para la nueva era.

Tan sólo nuestra vieja Europa, líder durante siglos del progreso de la humanidad y la protección jurídica de ese progreso y estructuras, a través de la aplicación de una normativa muy elaborada y sofisticada, se está quedando atrás. Nuestro liderazgo normativo para el respeto de los derechos de todos y la restauración del equilibrio en las relaciones humanas a través de sus códigos resulta insuficiente.

Por poner un ejemplo: en Europa, concentramos nuestros esfuerzos en regular las start-ups y buscamos consensos para equilibrar los derechos de los taxistas y de los conductores de Cabify o Uber. Entretanto, Tesla instala puntos de carga rápida por todo el continente. Entiende que el transporte lo harán máquinas en las que iremos disfrutando del paisaje o de los contenidos que nos ofrece Netflix.

El derecho europeo no sirve a esta nueva sociedad: las sentencias de los tribunales llegan tarde y, no sólo eso, la toma de decisiones exige acuerdos entre distintos países, con distintos idiomas que tardan en producirse años.

Las decisiones ante la pandemia generada por el COVID-19 son un buen ejemplo. China fue capaz de adoptar decisiones como la de construir una serie de hospitales en 10 días. En España, Francia o Italia, se adoptaron decisiones similares a nivel local. ¿Resulta siquiera posible imaginar que Europa tomara una única decisión para hacer frente a esta emergencia sanitaria? La estamos combatiendo con 27 estrategias distintas, o 50, si tenemos en cuenta las regiones con competencias para ello. Las instituciones europeas cerraron sus puertas y sus miembros, las fronteras.

Los cambios exponenciales que vivimos son más fáciles de afrontar desde las normas anglosajonas o desde la dictadura comunista que desde el artesonado jurídico de las leyes europeas. Ejemplo para el mundo en siglos pasados, pero hoy, excesivamente paquidérmico.

La culminación de este cambio de era se prevé para el año 2030 si no antes y será una revolución cognitiva. Desde luego, se desarrollará con el uso de nuevos materiales como el grafeno y la aplicación a nuevas tecnologías.

El ser humano no puede seguir aplicando los distintos escenarios que desarrollaba frente a cualquier cambio. No podemos considerar que estamos ante un déjà vu, es decir, las cosas van a seguir más o menos igual y son cambios cíclicos; tampoco nos vale con un cierto maquillaje para seguir sobreviviendo; ni siquiera recurrir a un escenario disruptivo creando nuevas estructuras y estrategias.

Sólo podemos acudir a la reinvención, pero no basta la reinvención personal. Debemos considerar que realmente hemos dado un paso adelante y estamos ya en una nueva era.

Las estructuras empresariales deben cambiar, ya lo estaban haciendo, y modelos más planos como la Holocracia empezaban a triunfar. La transparencia y la honestidad en las relaciones comerciales ya afloraban y van a resultar imprescindibles.

Las normas que rigen nuestras relaciones no pueden seguir llegando con tanto retraso, el corsé de los códigos debe ceder ante la discrecionalidad judicial. Los procesos jurídicos no pueden eternizarse.

Europa debe tomar la iniciativa y los miembros de la Unión remar en una misma dirección. Hay que asumir el modelo social que la tecnología nos impone y olvidar recetas de siglos pasados que son completamente obsoletas en una nueva era.