Sin duda las Nuevas Conversaciones de Cine Español han sido una  importante cita para todos los que estamos interesados por la salud de nuestro cine. Y no hablo sólo de los que tienen intereses profesionales y empresariales en el cine, sino que también me refiero al público, a los que nos dedicamos a la reflexión académica y a los periodistas especializados. Por Dr. Juan Orellana Gutiérrez de Terán, Director de Servicio de Actividades Culturales, Univesidad San Pablo CEU.

Con estas palabras el Dr. Orellana comenzaba su participación en el acto inaugural de las Nuevas Conversaciones de Cine Español. Reproducimos toda su intervención.

Juan-Orellana

Han pasado más de sesenta años desde las famosas Conversaciones de Salamanca promovidas por el entonces estudiante salmantino Basilio Martín Patino y en las que se quiso tomar el pulso al cine español del momento. Ha llovido mucho desde entonces, y entre aquellas Conversaciones y las que han tenido lugar recientemente, hay mucho en común y muchas diferencias. Compartimos con nuestros antecesores la pasión por el cine y el deseo de mejorar sus condiciones. Compartimos el deseo de dialogar y de escuchar. Incluso compartimos la necesidad de una constructiva autocrítica. Pero naturalmente también son muchas las diferencias. No sólo ha cambiado extraordinariamente el contexto histórico, social, político y cultural. También ha cambiado el cine como tal, ha evolucionado su lenguaje, se han revolucionado las tecnologías, se hecho muy compleja la simbiosis entre el cine y la televisión, han cambiado los espectadores, las formas de ver cine y ha cambiado enormemente el perfil de los creadores y de los técnicos y profesionales.

Así pues, la señera ciudad del Tormes, memoria de nuestra historia hecha piedra,  volvió a acoger este foro de encuentro, trabajo común y reflexión, que nos permitió analizar, valorar y tomar el pulso al momento y mirar juntos los problemas del presente y los horizontes de futuro que se presentan a nuestro cine. Nos movió un espíritu de ilusión, que no un espíritu iluso; de construcción, que no puede ser falta de espíritu crítico; y de autocrítica, que no puede quedarse una mera queja, a la que es tan proclive nuestro carácter español.

En las aquellas primeras conversaciones de Salamanca, es sabido que el cineasta Juan Antonio Bardem, siempre inconformista, declaró que:

“El cine español es: Políticamente ineficaz.
Socialmente falso.
Intelectualmente ínfimo.
Estéticamente nulo.
Industrialmente raquítico”

Seguramente sus afirmaciones eran muy radicales, y también buscaban despertar conciencias acomodaticias, pero hoy podemos afirmar con certeza que el diagnóstico ya no es ese. Nuestro cine -en términos generales- es políticamente comprometido; socialmente incisivo; intelectualmente inquieto; estéticamente brillante. La gran asignatura pendiente es la industrial, porque los modelos han cambiado y están cambiando enormemente, las leyes son imperfectas, la política impositiva y la crisis económica nos ahoga, y digámoslo claramente, el público no responde como quisiéramos.

Para afrontar este reto industrial, productores, distribuidores y exhibidores no deben nunca olvidar que van en el mismo barco. Que no puede irles a unos bien y a otros mal. Que todos debemos remar en la misma dirección. Y entre todos tenemos que conseguir que el público español conozca y ame el cine español. Estoy convencido de que nuestro enemigo principal no es Hollywood. Somos nosotros mismos. ¿Por qué mis alumnos universitarios, mayoritariamente, -y perdonen esta autorreferencia- no quieren ir a ver cine español? Porque viven de un estereotipo negativo que les ha calado hasta la médula. Y ese prejuicio sólo se vence demostrándoles que en España se hacen muchas películas que si las vieran no les defraudarían. Y ese esfuerzo es cosa de todos, y muy especialmente de los que trabajamos en las aulas y en los medios de comunicación.

El cine español está sobrado de talento, pero las estructuras quizá son obsoletas, y los mecanismos de comunicación no suficientemente eficaces. ¡Cuántas maravillosas películas españolas pasan desapercibidas por no poder contar en sus presupuestos con el esfuerzo de marketing que requerirían! El mismo fin de semana de la cita salmantina se estrenaron 11 películas entre las que iban cuatro españolas. Dispusieron de un fin de semana para triunfar porque la semana siguiente llegaron otras diez películas a nuestras pantallas. Esa dinámica de presión es sencillamente insostenible. Quizá haya que revisar nuestro número de producciones anuales, al menos las que aspiran a hacer carrera comercial en salas. Y esto lleva a otra gran cuestión: cada vez hay más ventanas disponibles, que son usadas por un tipo de espectador nuevo. Y esta realidad nos lleva también a mirar de frente otra importante lacra. Tenemos que acabar con la piratería. No basta la ley. Los grandes operadores, los gestores de contenidos, las fuerzas de seguridad… y sobre todo los educadores deben comprender la gravedad del problema, que ya no es solo económico, sino que es también un problema moral. Piratear es robar, dicho llanamente, y además supone olvidar que el cine es un bien cultural que se pone en peligro de extinción también a causa de esa práctica de doble moral. Piratean los chavales, piratean sus padres, y sus abuelos no, porque no saben. Tenemos que hacer ver a nuestros políticos que urge tomarse muy en serio este delito generalizado y actuar con contundencia.

Hay que conseguir, como dijo Alex de la Iglesia, que internet sea un aliado y no un enemigo, y para eso hay que educar en que internet no tiene porque ser sinónimo de gratis. Los consumidores de cine tienen que comprender que si pagan 10 euros por ver una película en una gran sala, tienen que pagar algo, en menor cuantía, por ver esa misma obra en su casa. Hay que inculcar esta mentalidad en la escuela y en las aulas. Está demostrado que poner un aviso al comienzo de la proyección de las películas en sala diciendo que la justicia perseguirá a los piratas, no ha servido de mucho. Quizá haya que llegar a acuerdos con el Ministerio de Educación para promover campañas educativas transversales en ese sentido.

En este esfuerzo por posicionar correctamente nuestro cine en la sociedad española, tampoco debemos descuidar la protección de nuestro patrimonio cinematográfico. Nuestros jóvenes apenas conocen nada de la fecunda e interesante historia de nuestro cine. Su prejuicio sobre el presente se proyecta hacia el pasado y se pierden piezas clave para entender nuestro ser y nuestra historia, para entendernos a nosotros mismos.

Son, en fin, muchos palos que tocar, y es necesario escuchar mucho, algo que también nos cuesta a los españoles. Tenemos que hablar y escuchar. En esa reflexión tienen que estar los creadores, los políticos, los productores, los distribuidores, los exhibidores, las agencias de marketing y comunicación, los académicos, los críticos de cine,… nadie sobra en este esfuerzo.

El documental La pantalla herida, de Luis Ferrández ponía hace dos años sobre la mesa todas estas cuestiones que nos han reunido en Salamanca, llenos de ilusión por un futuro que es prometedor si todos nos empeñamos en que así sea. Así pues es necesario agradecer esta importante iniciativa al mismo Luis Ferrández, coordinador del Proyecto, así como a la Fundación SGAE, a Acción Cultural Española (AC/E), al Ayuntamiento de Salamanca, a la Universidad Camilo José Cela, a  AISGE y a todas las personas que dedicaron su esfuerzo a poner en marcha estas Conversaciones.