Con más de 300.000 entradas vendidas, la Berlinale es el festival de cine con más público del mundo, un evento donde conviven a la perfección el arte, el glamour y los negocios.

Por Manuel Mansergas

Sentando un nuevo récord, más de 5.000 cintas de todo el mundo fueron propuestas para la sexagésimo cuarta edición del Festival de Cine de Berlín. Solamente en las diez secciones del programa oficial de la Berlinale, participaron en total 409 obras de 72 países. Seis más que el año pasado. Otras 779 producciones se exhibieron dentro del Mercado del Cine Europeo. En los 11 días que duró la muestra se proyectaron cerca de 1.200 películas. Más de 100 por día.  

La Berlinale es, en cualquier caso, un espejo del cine mundial y un mercado para el cine europeo. Pero también es un escaparate de la historia de Alemania después de la II Guerra Mundial. La idea de crear un Festival de Cine en Berlín la tuvo un oficial estadounidense. Se llamaba Oscar Marty y fue conocido como el “oficial del cine” del gobierno militar americano en la Alemania de los Aliados. El objetivo era, seis años después del final de la II Guerra Mundial, restablecer la gran industria cinematográfica alemana de los años 20, destruida tras el conflicto. El 6 de junio de 1951 se inauguraba la Berlinale con Rebeca, de Alfred Hitchcock. Los años 50 llenaron la cita del esplendor y el glamour hasta entonces solo conocidos en Hollywood. Y no faltó nadie: Sofia Loren y Gina Lollobrigida, Henry Fonda, Gary Cooper… Como era de esperar, la política jugó un papel importante en esta primera edición del festival y su lema, “Escaparate de un mundo libre”, dio la vuelta al mundo. Desde luego, este festival de cine también se pensó como una muralla visible frente al bolchevismo. En su 64ª edición, el glamour estuvo representado con estrellas como George Clooney y Tilda Swinton, Bradley Cooper, Charlotte Gainsbourg, Ralph Fiennes, Bill Murray, Matt Damon, Catherine Deneuve, Bruno Ganz, Uma Turman o Burghart Klaussner.

Un importante cambio recondujo la dirección de la Berlinale desde 1956. El festival se había convertido en un importante encuentro cinematográfico y cultural. Había alcanzado un estatus gracias al cual pudo convertir su jurado “amateur”, hasta entonces representado por el público, en un jurado especializado. El creador francés Jean-Luc Godard o el italiano  Michelangelo Antonioni ganaron el Oso de Plata y el Oso de Oro. Este año el jurado estuvo compuesto por un número aproximado de 50 personas. Los más importantes, bajo la dirección del productor y guionista estadounidense James Schamus, fueron quienes decidieron los ganadores de los codiciados osos. En este grupo formado por ocho miembros han estado, entre otros, Christopher Waltz (dos veces galardonado con el Oscar) y la productora de James Bond, Barbara Broccoli.

Grand Budapest Hotel, del estadounidense Wes Anderson, fue la cinta elegida para inaugurar la 64ª edición del festival y la que se llevó el Oso de Plata. Junto a ella, otras 10 películas procedentes de diferentes lugares del mundo compitieron por conseguir las aclamadas estatuillas. China contaba con una gran representación (tres películas; Alemania cuatro) y así se manifestó en el palmarés: Bai ir Yan Huo, de Diao Yinan, se llevó el Oso de Oro para sorpresa de algunos, y su protagonista, Liao Fan, el Premio al Mejor Actor; además, el chino Zeng Jian consiguió el galardón a la contribución artística por la fotografía de Tui Na. El reconocimiento a la Mejor Interpretación Femenina también viajó hasta Asia de la mano de la japonesa Haro Kuroki, en Chiisai Ouchi. Los alemanes Dietrich y Anna Brüggemann se quedaron con el Premio al Mejor Guión por Kreuzweg, donde narran el trauma psicológico que sufre una niña de 14 en el seno de una familia ultracatólica.

El jurado decidió que la Mejor Dirección corrió a cargo de Richard Linklater, con una producción estadounidense titulada Boyhood. Y  Aimer, boire et chanter, de Alain Resnais, se hizo con el Premio Alfred Bauer a la película más innovadora de esta edición. En cuanto al cine latinoamericano, que pisaba fuerte este año con varias aportaciones, el mejicano Alonso

Ruizpalacios se llevó el galardón por la Mejor Ópera Prima, Güeros. La película se proyectó con muy buena acogida en la Sección Panorama, la segunda más importante después de la Sección Oficial. Finalmente, el director británico Ken Loach, un maestro del realismo social en el cine, recibió un Oso de Oro honorífico por sus cerca de 50 años de logros cinematográficos.

A lo largo de los 64 años que lleva en acción este festival de cine internacional, numerosas voces hispanas han recibido alguno de los perseguidos galardones. En 1977 el Oso de Plata a la mejor dirección recaía en Manuel Gutiérrez Aragón por “Camada Negra” y el correspondiente al Mejor Actor iba a parar a las manos de Fernando Fernán Gómez por su trabajo en El anacoreta. Éste mismo recibiría ocho años más tarde el mismo reconocimiento, por su trabajo en Stico. El de Carlos Saura es otro de los nombres que ha sonado varias veces en el pedestal de la capital germana. En 1966 ganaba la Mejor Dirección por La caza, en 1968 por Peppermint frappé y en el año 1981 se llevaba el Oso de Oro a la mejor película con Deprisa, deprisa. Dos años más tarde otro título en español, La colmena, de Mario Camus, compartiría el Oso de Oro con la inglesa Ascendancy, de Edward Bennett. También el Oso de Plata a la Mejor Interpretación Femenina viajó a España de la mano de Victoria Abril en 1991. Catalina Sandino Moreno (María llena eres de gracia, 2004), Claudia Llosa (La teta asustada, 2009) Paly García (Gloria, 2013), Julio Chávez (El otro, 2007) o Pedro Infante (Tizoc, 1957) también se llevaron el Oso de Plata al otro lado del charco. En 1960 César Fernández Ardavín ganaba el Oso de Oro con la película El lazarillo de Tormes y en 1978 el mismo premio iba a parar a las manos de José Luis García Sánchez por Las truchas. El director de cine y político argentino Fernando Solanas, más conocido como Pino Solanas, recibía en 2004 el reconocimiento por una larga carrera cinematográfica con el Oso de Oro Honorífico.

Durante los años 50 y los años 60 no participó en la Berlinale ninguna producción de Europa del Este. La Guerra Fría se reflejaba también en la cultura. Después de la construcción del muro de Berlín en 1961, el festival sólo tenía lugar en la parte occidental de la ciudad cercada. Los organizadores, en cambio, intentaron traer al festival de cine algunos directores de la Europa oriental. El esfuerzo finalmente dio resultado. El primer film de la Unión Soviética se pudo ver en 1974 y, un año después, la película Jakob der Lügner (Jakob el mentiroso),  producida en la República Democrática Alemana. Además, y para sorpresa de todos, por primera vez uno de los miembros del jurado era soviético. La apertura hacia la exhibición de un cine más internacional podría decirse que fue el leitmotiv de la Berlinale durante los años 70, cuando poco a poco más películas asiáticas, africanas y latinoamericanas fueron invitadas. Por ejemplo, en 1976 hubo en competición películas de Irán, de Méjico y Venezuela, de la República Popular China y de varios países del bloque del este. Todavía hoy el festival cumple el papel de “espejo del cine internacional” y representa culturas e historias de cualquier lugar del globo. Este año por primera vez hubo producciones propias de Ecuador y las Islas Feroe.

En los 70, sin embargo, llegaron los cambios. Nacieron nuevas secciones como, por ejemplo, el Festival Infantil. Por primera vez un festival de cine internacional prestaba especial atención a los niños, y hasta día de hoy esta sección tiene un gran éxito. En 1971 se creó el “Internationale Forum des jungen Films” (“Forum internacional de películas noveles”), donde jóvenes creadores de todo el mundo podían ver proyectadas sus películas. Hoy en día es para muchos el Forum la parte más relevante del programa complementario de la Berlinale, donde se proyectan películas que nunca llegarán a las salas de cine pero que merece la pena ver. La

Sección Panorama da también, como siempre, un vistazo al Art House Kino. Se trata de un cine variado y político, en el que están muy presentes los temas acerca de los cambios necesarios en el mundo, de personas que dedican toda su energía a ejercer su derecho a alzarse y protestar contra el abuso, la opresión o los grandes consorcios amorales que los privan de sus condiciones de vida.

En esta 64º edición los aficionados estuvieron expectantes mucho tiempo para un pase muy especial. El 9 de febrero, en la Filarmónica de Berlín, se proyectó por primera vez la versión digital restaurada de la obra maestra de Robert Wieners El Gabinete del Dr. Caligari, del año 1920. El motivo por el que se eligió este mítico lugar para la exhibición, es que es la propia Berlinische Philarmonie ha homenajeado la mítica cinta con una nueva representación de su banda sonora.

Hoy en día el festival de cine de Berlín es reconocido por tres elementos básicos: su programación, su organización y su atmósfera. El programa de la Berlinale trata temas políticos, provoca discusiones sobre películas que hablan de terrorismo, recibe producciones bien críticas con algunas de las acciones norteamericanas, y China y Rusia reciben Osos de Oro. Además, incorpora el Teddy Award, un certamen paralelo pero enlazado destinado a valorar las mejores producciones LGBT, muestra de carácter progresista y civilizado del que goza esta ciudad. Con un sabor similar al que tenía hace más de sesenta años cuando arrancaba, la Berlinale se entiende todavía hoy, en su 64ª edición, como un festival dedicado al público. Esta cualidad lo hace grande y por eso la gente lo adora. ¡Nos vemos el año próximo!